Hoy, Día Internacional de la Madre Tierra, una reflexión breve sobre el agave… y lo que estamos haciendo con él.

Mucho antes de que existieran los seres humanos en Mesoamérica, el maguey ya estaba ahí. Siglos después, los primeros pueblos no solo lo adoptaron: lo entendieron. Lo domesticaron y lo volvieron parte de su vida diaria. De esta planta —mezcal en chichimeco, metl en náhuatl, dóob en zapoteco— crearon vivienda, hicieron ropa, sacaron herramientas, alimento, medicina y bebida. No es casualidad que su nombre en latín, Agave, signifique “planta de las maravillas”.

Y lo es. Pocas plantas tienen su capacidad de adaptación. Está presente en distintas latitudes del mundo y tiene una cualidad poco común: ajusta su tamaño, forma y comportamiento según el entorno. No es magia, es inteligencia biológica.

México concentra la mayor diversidad de agaves del planeta. Más de 200 especies registradas, de las cuales poco más de 40 tienen los azúcares necesarios para producir bebidas alcohólicas. Oaxaca y Puebla son los reservorios vivos más importantes de México en diversidad de magueyes. Lo que hay ahí no es solo una industria, es un ecosistema único.

En la última década, el boom del mezcal disparó la siembra masiva de agave: el “oro verde”. Lo que parecía una oportunidad económica derivó, en muchos casos, en prácticas cortoplacistas y extractivas. Grandes extensiones han sido tomadas por monocultivos, reduciendo la diversidad que sostiene el equilibrio del suelo, de los insectos y del sistema en su conjunto. En las cercanías de la ciudad de Matatlán, donde había maíz, ya solo se ven magueyes, donde había imponentes árboles ahora se ven lonas para darse sombra.

La producción de mezcal está presionando recursos de formas que ya no se pueden ignorar. En muchos plantíos, la tala para alimentar hornos no ha venido acompañada de planes claros de reforestación. Las vinazas —residuos tóxicos de la destilación— siguen vertiéndose sin tratamiento suficiente, infiltrándose en suelos y acuíferos y degradando la tierra. No es una excepción: es una práctica extendida que ya está afectando ecosistemas completos y a las comunidades que dependen de ellos.

Entonces, ¿dónde está la narrativa romántica, la neta?

El maguey sigue siendo una planta noble. El problema no es la planta; es cómo la estamos usando.

Hoy, Día de la Madre Tierra, le pedimos al consumidor de a pie:
Deja de comprar botellas bonitas sin hacer preguntas importantes: ¿Quién es dueño de la marca? ¿Cuánto producen? ¿Qué pasa con sus residuos? ¿Cuánto agave silvestre usan y a qué edad lo cortan? ¿Reforestan? ¿Quién es el maestro mezcalero? ¿Deben dinero a sus proveedores y empleados? Hoy se puede saber casi todo en unos clics.

Elegir bien no es pagar más: es entender qué estás bebiendo, porque cuando compras mal, siempre el más vulnerable paga el costo. Un mezcal barato es barato en todos sus sentidos.

A los productores les toca sembrar con diversidad, no con prisa. Cuidar el monte que hace posible el mezcal. Tratar los residuos como parte del proceso, con responsabilidad. El oficio se mide también por lo que dejas después de producir. Respetar el entorno no es opcional; es la base para que esto siga existiendo para nuestros hijos y nietos.

A los vendedores, importadores, distribuidores, cantineros y tenderos: escojan bien lo que representan. Lo que llega al consumidor pasa por ustedes, y hoy ese consumidor también decide. Cuando el mercado se llena de producto mal hecho, mal contado o mal pagado, no es casualidad: es resultado de malas decisiones acumuladas.Un mezcal barato es un mezcal barato en todos los sentidos.

Y a los inversionistas… una advertencia simple: ya hay demasiados conejos para tan pocas chichis. El mezcal no es una fórmula barata, ni mágica ni es un atajo para el retiro anticipado. Sin entendimiento del campo, sin paciencia y con falta de integridad, esto no escala. El efecto Clooney es pura ilusión. La integridad se demuestra en cómo se produce y en cómo se vende.

El maguey lleva siglos haciendo bien su parte.
Nosotros todavía no.


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