El Corte

“Nadie es patria. Todos lo somos.” Jorge Luis Borges

Don Bernardo se levantó como todos los días al alba, aunque hoy no es un día como cualquiera.

A su edad los huesos duelen y sus músculos no son lo que eran en sus veintes. Sabe que un chocolate con agua, un café de olla y un pan dulce ya están esperándolo en la mesa. Su esposa se levanto temprano y como siempre y le preparó el desayuno. Ahora organiza los cacharros y la comida. Como ella, las otras mujeres de los hombres del equipo de cinco, que irán hoy a los campos a cortar agave, se alistan para llevar comida y refresco a sus hombres en un día que se avisa caluroso y por lo tanto difícil. 

Mientras afila su machete, Don Bernardo piensa en lo duro que este día será. No acabarán hasta que la parcela no quede limpia. La semana pasada, al canijo de Agustín le mordió una serpiente de coralillo, se salvó de puro milagro pues la parcela donde pasó el accidente no se encontraba lejos de la carretera y pudieron llegar al hospital a tiempo. En días de calor, estas alimañas salen a calentarse con el sol. Don Bernardo odia esos bichos, muchos conocidos han dejado la vida en un descuido. No puede entender a quienes beben mezcal con el veneno de víbora, nada bueno puede venir de un animal así, piensa…

Una vez en el campo, se dividirán el trabajo en equipos, más tarde, las mujeres vendrán y encontrarán una sombra cerca, prepararán algún refresco y algo que comer. Mientras afilan sus útiles, sacan los picos y ajustan el sombrero. “A darle duro antes que el sol apriete vergas” grita Calixto.

El primer equipo corta las pencas con machete, los golpes son exactos, sin lastimar la piña, mientras que el segundo equipo saca de raíz los pesados agaves haciendo palanca, a veces la raíz se resiste; dejan el quiote un poco largo, les ayudará a moverlos. Hoy ha tocado cosechar maguey sembrado bien maduro, de espinas grandes y filosas que atraviesan los guaraches, Don Bernardo y su equipo ya ni los sienten, es las noches antes de acostarse, cuando notan las puntas enterradas y las sacan metódicamente y sin dolor. 

Cuando han terminado un par de hileras y han rasurado muy bien los agaves, ya saben que al mezcalero le gustan bien peladitas, las van subiendo al camión. Las piñas están muy pesadas, oscilan entre los 100 y 200 kg cada una. Se requieren dos y a veces tres de ellos para subir cada piña al camión.

Ya han pasado siete horas, el hambre y la sed aprietan. Es hora de un merecido descanso. En la sobra los esperan ya las mujeres con téjate y algún alimento solido y, por supuesto mezcal. No van a beber mucho pues aun les esperan al menos otras cinco horas de trabajo y hay que terminarlo. 

Don Bernardo y su equipo, tras descansarse y alimentarse un poco, vuelven al sol y al trabajo duro, hay que terminar toda la parcela. Cobran por jornada de trabajo y aunque él es el jefe del equipo, gana exactamente lo mismo que sus muchachos, todos vecinos, a veces parientes, pero todos son parte de una comunidad. Don Bernardo es un hombre justo.

Al fin han terminado y el sol está por irse, aun falta recoger la penca cortada. La utilizarán para sacar hilo, aguja y hacer combustible de ellas. Las mujeres ya se han ido, se tienen que hacer cargo de la casa, niños, quehaceres y animales. Para Don Bernardo y su equipo el día aun no ha terminado, les falta vaciar el camión, cenar, tomarse un mezcalito o dos e irse a sanar las cortadas, cayos y los dolores comunes de esta profesión tan nobel y dura. 

Mañana hay que madrugar de nuevo para encender la leña del horno, donde mas tarde se cocerán los magueyes que hoy cortaron.


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